Muchos hemos vivido una estancia demasiada larga en el siguiente estado: creemos que nos conocemos. Sabemos cuál es nuestro nombre, nuestro trabajo, nuestra residencia. Conocemos nuestro documento de identidad y de la seguridad social, y podemos decir con claridad cuál ha sido el recorrido en nuestra vida hasta ahora. Conocemos una historia sobre nosotros mismos, y hemos creado una narrativa específica acerca de todo esto, de manera que podemos repetir sin problema cómo han sido las cosas, una y otra vez. Y así hemos vivido.

¿Te has sentido así alguna vez?

Yo si.

Hemos actuado de manera inconsciente, hemos construido nuestras relaciones y nuestro presente en puro piloto automático, como hoja que arrastra el viento.

 

La mayoría hemos estado allí: viviendo la vida con más pena que gloria, asumiendo el rol que un destino azaroso parece habernos asignado. Cuando éramos más jóvenes éramos más combativos contra lo que parecía ser un status quo, y luego todo se fue perdiendo… Bajando los brazos poco a poco y aceptando que la vida es algo que solamente ocurre.

Bajo este paradigma, el ser humano resulta un ser insignificante, viajando en una bola a miles de kilómetros por hora en el universo. Una mota de polvo. Nace, crece, se reproduce y muere. Fin de la historia.

Te preguntarás: ¿qué sentido tiene todo esto?

Quiero que sepas que cuando un consultante viene a mí, lo primero que hacemos es retar sus creencias acerca de si mismo y su mundo, y establecer un nuevo conjunto de ideas sobre sí mismo, porque a este punto, donde la vida es un sinsentido, esta persona está plenamente identificada con el personaje que le ha tocado vivir, repitiendo una y otra vez los mismos obstáculos sin tener la posibilidad de entender por qué suceden, o qué están mostrándole.

Este es un trabajo muy profundo y sumamente valioso.

Este nuevo conjunto de ideas reposa sobre un paradigma distinto: el paradigma fundamental de que el ser humano tiene un componente único llamado alma.

No somos tan solo un cuerpo, un nombre, una profesión.

Hay mucho más de nosotros que no hemos podido ver todavía.

El alma forma parte del mundo de lo que el ojo no ve, de forma que en un mundo en el que estamos atrapados por las obligaciones de supervivencia, muy poca gente puede plantearse esta cuestión, salvo cuando la situación es verdaderamente desesperada.

***

Uno de los padres de la Mecánica Cuántica y Premio Nobel de Física en 1932, Werner Heisenberg, nos mostró el llamado Principio de Incertidumbre.

Presta atención: este principio nos asegura una energía potencial casi infinita en un tiempo casi nulo.

Interesante, ¿verdad?

Pues bien, esto tiene lugar en el mundo del alma, y sus efectos se notan en el mundo físico.

Por otro lado, la Kabbalah nos enseña que mientras que el cuerpo físico vive en el espacio y el tiempo, el alma lo hace fuera de espacio y tiempo. Es decir: tiempo nulo, energía infinita.

Como podemos ver, hasta aquí ya tenemos dos disciplinas que nos hablan de nuestro poder ilimitado. ¿Por qué entonces no viviríamos la vida al máximo, si es que eso es parte inherente de nuestra naturaleza?

Pero aún falta más.

La Mecánica Cuántica ha resignificado de forma revolucionaria el rol Observador Consciente.

Cuando tú formas parte del Programa T9, serás asignado a un mentor. ¿Sabes qué papel cumple? Pues el acompañante o mentor es un Observador que te observa de modo distinto, reconociendo todos tus potenciales desplegados en un Diagrama de Arquetipos de la Personalidad.

Ese modo de observar accede directamente al mundo del alma, al de la energía infinita, al de todas las posibilidades.

Al tomar consciencia de este modo de observación, tu alma empieza a sentirse escuchada, alimentada por primera vez. Agarra fuerza del lado de la energía infinita. Y la magia empieza a suceder en tu vida, pues quizás por primera vez reconoces en serio tu verdadera naturaleza de ser humano, y es entonces cuando eres capaz de ir más allá de tus propios límites.

Dime Raúl, ¿y cómo se expresan todos estos principios a nivel practico?

Verás, a través de la Acción.

Lara pudo volver a volar tras años de fobia a los aviones.

Lola pudo por fin sacarse el carnet de conducir tras años de posponerlo.

Algunas personas agarraron la fuerza que les faltaba para terminar sus estudios, que dejaron inconclusos hace años.

Otros sacaron el coraje para decirle a sus parejas que era tiempo de separar sus caminos, que ya bastaba de hacerse daño.

Algunos consultantes dejaron el trabajo que los esclavizaba y accedieron a otro que les llenaba de verdad y sentido.

Y así un largo etcétera, del que he sido testigo privilegiado durante muchos años.

Y es que cuando el alma agarra fuera, eres capaz de ir más allá de tus propios limites.

¡Bienvenidos al gimnasio del alma!

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